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RELEVANCIA DEL CÓDIGO DE DERECHOS HUMANOS

La trascendencia del Código

El Código de Derechos Humanos fue elaborado para su tratamiento por todos parlamentos de los países miembros de la ONU, entidad que aconsejan frecuentemente a los países mantener actualizada su legislación en la materia.

Si bien en el Código se asumen en general los contenidos esenciales de los tratados internacionales en la materia, sus derechos, garantías, declaraciones y principios fueron desarrollados de acuerdo a las circunstancias del tercer milenio.

Hambre e ignorancia cero, preservación perpetua de la Paz, adopción universal de niños sin padres: tal vez sería un buen resumen.

El texto establece un sistema de solidaridad social basado en las escuelas públicas, convirtiéndolas en el eje cívico y político de la sociedad. Las escuelas deben asegurar nutrición integral, educación mental y psicofísica, salud familiar y asistencia integral gratuitas para las familias, desde el nacimiento de los niños y durante todos años de la educación primaria y media.

Se trata de la erradicación final de la miseria, el analfabetismo, la desnutrición y la ignorancia; este desarrollo vincula a la nutrición con el saber y la perspectiva vital. El mandato bíblico de crecer y multiplicarnos no nos invita a ser más gordos y muchos: implica crecer en el saber y multiplicar la libertad.

Somos libres por la perseverancia en el saber; pero también es preciso liquidar la miseria: un niño con hambre está por debajo de la libertad. A un hombre fuerte y humillado por la pobreza, la libertad le da miedo en vez de ganas.

La centralidad de la pedagogía es un canon que resuena en todo este Código como una letanía pues puede hacernos emerger de la sombra pesada del saber desechable.

La tarea es compleja: vivimos una era hipercomunicada en la cual el saber y el conocimiento fueron reemplazados por un impostor ilustre: una masa móvil de información descartable formada por tonterías animadas que fluye por canales cibernéticos.

Es el hipnotismo nuevo de la sociedad de control que masifica y aplasta la voluntad y el saber con una catarata de comunicación inútil y despersonalizada que va nadando en la Internet.

Ya no se trata de la verdad, el amor o la libertad, sino de satisfacer la ansiedad instantánea de comunicarse con un ser o un noticia virtuales; el espejismo cura la soledad inmediata pero condena a los hiperconectados, desde muy niños, a una incapacidad olímpica para relacionarse seriamente con el otro y desarrollar esa abstracción que en el siglo XX llamábamos inteligencia. No es sólo el final de la poesía, sino también la fulminación de la libertad individual.

Gilles Deleuze describió esta catástrofe después de Michel Foucault: La sociedad de control, típica del siglo XX, estaba centrada en el encierro: la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica; cada tanto, el hospital, el hospicio y el psicoanálisis; finalmente, la cárcel: el epítome del panóptico.

La sociedad del siglo XXI está esclavizada de un modo peor: es una «esclavitud fluyente» como un preso que lleva una pulsera magnética. Las personas creen que son libres (como en «La Naranja Mecánica») porque pueden «conectarse» a algo: a la TV, a la Internet, a la comunicación celular, a los psicotrópicos, a las drogas más duras o al alcohol.

Cualesquiera de esas cosas es lo mismo y da igual: juntas, generan una sociedad hipnoide cuya imbecilidad fundamental consiste en no advertir de ningún modo posible que está siendo controlada y observada por un flujo informativo idiotizante que no sólo es ensordecedor: también es único.

No hay otra voz que la que se oye y no se puede oír otra cosa. Es ésta la época del pensamiento único en tránsito continuo, la sociedad postrada por la masa informativa fluyente, y la inmovilización ante la novedad instantánea, que es reemplazada minuto a minuto por otra novedad absurda que es obligatorio conocer.

Cualquier discusión, confrontación o protesta es aplastada de inmediato por una novedad insignificante cuya dimensión aparente puede liquidar la capacidad de inteligir.

A diferencia de otros textos legales, éste prevé la puesta en marcha de los derechos enunciados a través de un sistema tenaz de vigilancia y reglamentación. No se ha seguido la tradicional nomenclatura de derechos de primera, segunda y tercera generación, pues dicha distinción responde a un criterio historicista de los que los derechos carecen.

Hemos preferido una relación en la secuencia de derechos que los vincule por su naturaleza temática en orden a preocupaciones esenciales.

Una implementación novedosa es la introducción de las reglas de la sana crítica como formas obligatorias de actuación por parte de los magistrados en ciertos casos, por cuanto la carencia de derechos humanos, en tanto su relevancia, no puede aguardar formalidades específicas habitualmente morosas.

Nadie es tan indigno para que sus derechos puedan ser demorados por razones rituales o supuesta oscuridad de las normas.

Habiendo jueces, no hay lagunas en el derecho, ni oscuridad legal que no pueda resolverse de inmediato en beneficio de las personas; los jueces son jueces y siguen siendo jueces precisamente por que se comportan como jueces, y no pueden alegar oscuridades o carencias normativas que lucen como excusas y retaceos del derecho. Valéry diría «qui s'excuse, s' accuse», quien se excusa se acusa. Un juez que no se comporta como tal, deja de serlo.

Esta modalidad pusilánime del juez que desconoce o descarta el poder que tiene y por lo tanto decide no ejercerlo ?porque no puede, no quiere o no sabe hacerlo- ha sido extensamente desarrollado en «El Poder de los Jueces».

Las menciones a la guerra, la tortura, el genocidio, la desaparición de personas o los tormentos son actos reflejos y precisos en una sociedad demasiado joven para haber padecido miserias tan deleznables.

El apego persistente a la paz es su acto inverso y su resignado triunfo. Este proyecto no fue requerido por nadie. Lo debo al ocio interminable y al deseo de que los derechos fundamentales encuentren cada vez una protección más adecuada. Obré solo y carezco felizmente de cómplices.

Corría 1990 y con Germán J. Bidart Campos escribimos el primer manual de derechos humanos para la cátedra: Principios de Derechos Humanos y Garantías (?Para usted es este libro, Dr. Carlos S. Fayt, para usted y su elegante generosidad? inscribimos en la primera de sus páginas).

En ese texto desesperábamos de los jueces que sentenciaban sin tener en cuenta los derechos y garantías emergentes de los tratados internacionales, como si no existieran por el hecho material de no ser derecho interno.

Con ironía, solíamos decir que el colmo sería tener que reglamentarlo todo en un Código de Derechos Humanos.

Voilá.

La gigantesca sombra de otro maestro me recuerda el deber de sentir que esta obra es deleznable. Alfredo Orgaz solía señalar que nada había más triste que escribir sobre derechos humanos, ya fuera un artículo o un tratado multilateral; en cualesquiera de los casos significaba que verdades muy sencillas para la historia de la huma- nidad como no matar, no torturar o evitar la miseria requerían de complejas exposiciones teóricas.

De algún modo hemos llegado a las orillas de la vergüenza.

Pero el mundo es éste y es uno, y su protección es un deber para nosotros. Escribo resignadamente. En toda obra de este linaje la derrota está descontada.

Al cabo de los años nada me cuesta advertir que toda obra humanitaria está destinada al fracaso. La flecha nunca da en el blanco: Sócrates no puede evitar la sicuta, Ulises no puede sentir que ha regresado del todo a Itaca, Aquiles no advierte que se ha vengado, el hijo de Dios cuelga ?culpable- de una cruz escarnecida, Alonso Quijano no logra ser Don Quijote, el genial bufón Garrick se quita la vida, la libertaria Revolución Francesa termina coronando a un tirano psicópata.

El lector desprevenido puede sumar a esta serie infinita otras previsibles desolaciones; como en la aporía de Zenón de Elea, somos la tortuga que ?parábola del tiempo- nunca llega a destino.

En el año 48 Julio César decidió ayudar a Cleopatra contra su hermano Ptolomeo, y para consumar su bondad incendió una flota egipcia con 400.000 libros destinados a la Biblioteca de Alejandría; años más tarde el Califa Omar incendió la biblioteca completa atrapado por un anatema: los libros que repiten el Corán son superfluos y deben desaparecer, los que lo contradicen son heréticos y deben desaparecer.

Mentimos que esos hechos nos parecen escandalosos: dos mil años después la bomba estalla en Hiroshima: hay que entender de una vez que la Historia no enseña nada de nada, y que no logramos ser mejores personas de ninguna manera.

Y sin embargo, mientras exista la inocente mirada de la niñez, todo esfuerzo valdrá la pena una vez más.

DANIEL E. HERRENDORF

por Admin

14/05/2015

Conozca el Código de derechos Humanos.