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Día Internacional de los Derechos Humanos

El presidente del Instituto, Daniel Herrendorf, reflexiona sobre los Derechos Humanos en su día conmemorativo.

Si bien es cierto que la Declaración Universal de los Derechos Humanos se sancionó hace 72 años, también lo es que los derechos humanos son, naturalmente, muy antiguos, y su historia también.

Por ello voy a referirme a la relación histórica entre la literatura -especialmente de ficción- y los derechos humanos para advertir cuán antigua es la presencia de los derechos fundamentales en la historia. Dada la prisión del tiempo, y por cuanto creemos que la vida es sucesiva, me resignaré a ser cronológico.

La literatura muestra desde hace mucho tiempo varios aspectos de la dignidad que bien pueden ser equiparables a los derechos humanos de hoy. Si bien no es posible que sus autores conocieran el concepto de derechos humanos, sí lo es que exhiben un indiscutido compromiso con la ética, componente originario de los derechos fundamentales.

Ya en el siglo VI antes de Cristo, Lao-Tzé, el padre del taoísmo, escribio en el "Tao Te King", su única y maravillosa obra, que el objetivo principal del príncipe es mantener los estómagos llenos y las cabezas sosegadas. De algún modo toda la obra respira principios éticos que hoy no dudaríamos en considerarlos como contenidos irrefutables de los derechos humanos.

Sófocles, por ejemplo, en su obra "Antígona", muestra el primer perfil del derecho de gentes. Antígona, hija de Edipo, tiene un hermano, Polinices, quien desobedece la ley y muere en combate. El rey Creonte resuelve entonces prohibir el entierro de Polinices, que era la forma griega de impedir la supervivencia del alma.

Ante la decisión del rey, Antígona resuelve revelarse y entierra a su hermano con todos los ritos precisos. Ante semejante desobediencia, Creonte la hace comparecer ante sí y le recuerda que él había prohibido, por rescripto, el entierro de Polinices. Antígona le responde memorablemente con esta frase: "Una ley más antigua que la tuya manda esconder muy abajo a nuestros muertos". Es decir que Antígona muestra, acaso por primera vez en la historia, el conflicto entre una ley divina para sus creencias y la ley positiva que viola derechos humanos.


La primera eutanasia de la que tenemos memoria es la de Sócrates. Acusado de imbuir a los jóvenes con sofismas y lejos de la religión griega, fue condenado al exilio, que para los griegos era equivalente a una irreparable muerte civil. Es entonces cuando Sócrates resuelve matarse bebiendo la afamada cicuta. Detalles encantadores de esta primera eutanasia pueden leerse en la "Apología de Sócrates", escrita por Platón.

Si esto sucedía en Atenas en el siglo V antes de Cristo, en Roma, en el siglo I de nuestra era, Cicerón pronunciaría en el Senado sus célebres "Catilinarias", donde denunciaba la terrible corrupción del Imperio y defendía los derechos de los ciudadanos a pronunciarse sobre la ilegalidad de los actos revulsivos de los gobernantes. "Catilinarias" es la primera obra que exige transparencia a los actos de gobierno para garantizar los derechos de los ciudadanos.

En la misma época, Séneca daría a conocer sus clásicas obras "De la ira" (41 d. C.), "De la firmeza del sabio" (55 d. C.), "De la clemencia" (56 d. C.), entre otras. En ellas, sobre todo en "De la clemencia", parece precursar el concepto de lesa humanidad, así como defiende la prevalencia del derecho sobre los actos de los gobernantes.

Por su parte, Julio César, en su obra "La Guerra de las Galias" defiende la piedad con el enemigo vencido, tal y como Séneca lo había hecho en "De la clemencia". La vigente hoy Convención de Ginebra se podría abreviar en estos textos que llevan dos mil años de errar sobre la Tierra. En dicha obra aparece por vez primera lo que hoy llamamos derecho humanitario.

Siglos después, en la "Divina Comedia" resalta un episodio en el Infierno, un episodio que es casi una imagen vívida. Cicerón se encuentra con dos vecinos suyos, Paolo y Francesca. Ambos en el infierno arden en círculos de fuego; Paolo padece un castigo adicional: ha perdido la voz y ya no podrá hablar por toda la eternidad. Cicerón se siente aturdido; no comprende por qué dos jóvenes tan cristianos y piadosos están ardiendo en el infierno. Francesca le dice entonces que fueron siempre amigos y una tarde leyeron una novela romántica; en cierto pasaje los protagonistas se besan con pasión; en ese momento Paolo mira de frente a Francesca con deseo; ella le devuelve la misma mirada. Nada más sucede, pero para Dios fue suficiente ese deseo, ese deseo impropio entre amigos, para juzgarlos. No sabemos por cuál de nuestros actos seremos juzgados. Incluso en la vida cotidiana no sabemos por cuál de nuestros actos el prójimo nos juzga. Entonces Virgilio dice algo interesante; dice que no es posible que alguien esté en el infierno por un juicio injusto; lo dice sutilmente para no ofender al Señor. Y señala que la primera virtud de una persona es la inocencia. De un modo literario, literariamente genial, Dante explicó con una maestría sinigual lo que hoy llamamos principio de inocencia y que reza, como todos saben, que todos somos inocentes hasta que un juez demuestre lo contrario. 


En la obra "Utopía", de Thomas Moro, se diseña una sociedad perfecta situada en la Isla de Utopía (ou-topós en griego significa literalmente "no hay tal lugar"), isla donde no mandan las personas sino las leyes justas. Sin saberlo, Thomas Moro precursó el concepto de Estado de Derecho, y el principio de la prevalencia de la justicia. El principio central de la isla de Utopía rezaba así: "Un gobierno de leyes y no de hombres".

Por su parte, Erasmo de Rotterdam, en su "Elogio de la Locura", explica con un sarcasmo magnífico que en los gobiernos prevalece siempre la estupidez, cuando los pueblos merecen ser gobernados por seres inteligentes. Siempre en el curso de la ironía, sostiene que se vive mejor siendo un estúpido. En un fragmento de cierta celebridad, explica que cada cual puede hacer de su vida lo que quiere, y que el príncipe -que también es un estúpido- debe respetar la decisión asumida. Es, de algún modo, el concepto de "proyecto autorreferente de vida" que los derechos humanos tardaron en desarrollar por completo y plenamente.

Entre los siglos XVIII y XIX nos encontramos con la obra de Goethe, especialmente "Fausto". La disputa entre Fausto -el protagonista- y Mefistófeles es de tal dimensión que Fausto termina obrando creyendo que es libre, cuando en realidad Mefistófeles está detrás de sus actos moviendo su voluntad. De algún modo la prevalencia del mal y la ausencia de toda conmiseración convivencial está expuesta genialmente en esta obra. 

A comienzos del siglo pasado Virginia Woolf publicó Mrs. Dalloway, una obra que destaca el rol de una mujer, Clarissa Dalloway, quien reflexiona sobre la condición femenina y los horrores de la guerra; mientras que un segundo protagonista, Septimus, vuelve del frente de guerra y enloquece a causa de los estragos bélicos. Todos, incluso los médicos, no ven en Septimus a una víctima de la guerra, tal como lo era, sino a un demente que todos se dedican a discriminar. En general, la obra de Virginia Woolf replica entre dos aspectos: la condición de la mujer y la locura; esta última es denunciada como un capricho que todos discriminan, como en general se discrimina a quienes carecen de salud mental. La escritora nos deja una frase conmovedora: "Los médicos me informan sobre mis intereses". Torturada por la esquizofrenia, Virginia Wollf, como Septimus, también se suicida, derecho a la muerte que ella defiende en la carta póstuma dirigida a su marido.


La época contemporánea también encuentra literatura vinculada con los derechos humanos. "Noticias del Imperio", del mexicano Fernando del Paso, describe con una precisión detenida el sometimiento de los pueblos originarios de América. "La casa de los espíritus", por su parte, de la chilena Isabel Allende, realiza un detenido examen de la dictadura de Pinochet, aún adorado por muchos chilenos. 

La novela "Como agua para chocolate" de la mexicana Laura Esquivel, es una metáfora de la Revolución Mexicana, que declaró derechos interminables de los cuales nadie gozó, personificados en una criada indígena. La película "Roma", tan elogiada, es una exageración de lo que ya había sido bien planteado en la obra de Esquivel.

A su tiempo, Bernhard Schlink nos propuso su obra "El lector", una historia que descifra los horrores de la II Guerra, cuya protagonista es una mujer inocente que sirvió en campos de concentración como una simple sirvienta. De todos modos la juzgan como si fuera el propio Hitler. Schlink se pregunta si una sirvienta analfabeta debe ser juzgada por asesinar judíos -cosa que nunca hizo- cuando ella, sumida en la pobreza, sólo limpiaba cuarteles a cambio de un salario miserable. En todo caso y más allá de la justicia o injusticia de ese proceso judicial, lo que sucede en la obra es que se expresa muy claramente el concepto de crímenes imprescriptibles, inindultables e inamnistiables, es decir, delitos de lesa humanidad. 

Finalmente, abundan en la actualidad obras de ficción que están basadas en hechos reales; en general la literatura contemporánea de este tipo se centra en descifrar dictaduras, denunciar episodios tormentosos y ofrecer una nueva mirada sobre guerras, dominaciones y discriminaciones; en suma, se trata de defender derechos de un modo artístico, como ha hecho Woody Allen con su película "Crímenes y pecados".

De la misma forma, las obras cinematográficas "Filadelfia", "Ángeles en América" y "Las horas" describen con fidelidad la discriminación de los homosexuales. "Las horas", claro está, está basada en el libro inigualable del norteamericano Michael Cunningham.


Puede hallarse en el curso de la literatura universal un sinnúmero de obras que refieren derechos fundamentales, con ese propósito o sin él. 

La literatura, por fin, es asimismo una manera de de-nunciar y a-nunciar. Muchas obras precursan, e intuyen episodios que aún no han ocurrido. Así, Friedrich Nietzsche olió los hedores del antisemitismo europeo en "Así hablaba Zarathustra", como Edmund Husserl intuyó, en sus "Meditaciones cartesianas", que el siglo XX sería sustancialmente una gran guerra europea.


Quisiera concluir con el recuerdo de ese poeta argentino genial, más genial aún porque escribía con muchas faltas de ortografía. Me refiero a Almafuerte, autor de ?Siete Sonetos Medicinales?. Tristemente, resignadamente, terminaré con estos versos:


"No te des por vencido ni aún vencido

no te sientas esclavo ni aún esclavo

trémulo de pavor, piénsate bravo

y arremete feroz, ya mal herido. 


Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;

no la cobarde estupidez del pavo

que amaina el plumaje al primer ruido.


Procede como Dios, que nunca llora, 

o como Lucifer, que nunca reza

o como el robledal, cuya grandeza


necesita del agua y no la implora.

Que grite y vocifere vengadora

ya rodando en el polvo tu cabeza."

por Admin

10/12/2020

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