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EL MUNDO DEL HAMBRE

  por YAMID ZULUAGA QUINTERO

"Este mundo produce comida que alcanzaría para 12.000 millones de personas; pero casi 1.000 millones de personas no consiguen comprar esa comida"

No es fácil saber cuántos hombres y mujeres y niños pasan hambre. Los hambrientos suelen vivir en países difíciles, con Estados que no sólo son incapaces de asegurar su alimentación; tampoco tienen los medios para contarlos.


La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura lo intenta: cada año anuncia cuántos malnutridos hay en el mundo. Es toda una responsabilidad: en esa cifra se basan percepciones, políticas y programas.


En el curso de este mes, dicho organismos mundial anunció que hay 850 millones de hambrientos; el año pasado eran de 800 millones y en 2016, 750 millones. Es decir que el hambre avanza; sobre todo en África, donde había 250 millones de hambrientos en 2014 y este año se calculan 300 millones.


Pero avanza también en América Latina, porque los precios de las materias primas que aumentaron la década pasada volvieron a bajar en los mercados globales y los que lo pagan son -casi- siempre los mismos. Así que los 40 millones de malnutridos en América registrados en 2014 son ahora 45 millones según las cifras oficiales; la diferencia no es menor pues denuncia la escandalosa indiferencia hacia los hambrientos.


Estos números nos informan pero también nos alejan. Es fácil ver la miseria con indiferencia descriptiva sin hacer nada por los que sufren, enferman y mueren por hambre; es fácil no pensar que estas cifras significan que dos de cada nueve personas en el mundo no come lo suficiente porque casi nunca conocemos a esas personas.


Probablemente, el hambre sigue siendo el horror solucionable que menos nos importa: mata más que cualquier enfermedad pero siempre ataca a otros, a esos que no terminamos de pensar como "nosotros".


Las Naciones Unidas -a través de la FAO- no sólo censa el hambre; también maneja programas para combatirlo. El año pasado, cuando debió reconocer que la cifra de aumentos no dejaba de aumentar, dijo que la razón central fueron los "conflictos". Argumentó que más del 60 por ciento de los malnutridos vivía en países "en conflicto".




El cambio climático es la otra causa fuerte. Este año hubo un 30 por ciento más de desastres naturales que el año pasado: el cambio climático es un fenómeno global, pero en los países ricos el hambre sigue disminuyendo. Parece como si el clima, tan clasista, se encarnizara con los pobres.


Las causas principales del hambre no son esas emergencias, climáticas o bélicas. La inmensa mayoría de los hambrientos del mundo no lo son por males transitorios: llevan generaciones y generaciones de alimentarse poco. La mayoría no pasa hambre por una situación extraordinaria, coyuntural; lo pasa porque vive -como sus padres, sus abuelos- en un mundo organizado para que algunos tengan mucho y otros, por lo tanto, demasiado poco o simplemente nada.


Hay 850 millones de pobres que no comen lo suficiente porque la producción global de alimentos está estructurada para satisfacer a los mercados desarrollados, para concentrar en ellos la riqueza alimentaria.


Hace tres o cuatro décadas sucedió el hecho histórico más importante que la historia no registró: por primera vez en miles y miles de años la humanidad fue capaz de producir comida suficiente para todos. Sigue siéndolo: este mundo produce comida que alcanzaría para 12.000 millones de personas; pero casi 1.000 millones de personas no consiguen comprar esa comida. En este mundo no hay escasez de alimentos; hay escasez de dignidad para distribuirlos.


De aquí surge la imperiosa necesidad de estimular a este Congreso a reflexionar no sólo sobre las cifras espantosas, sino también sobre los corazones avaros y mezquinos de grandes mayorías.

08/10/2018




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